lunes 9 de enero de 2012

Peleando - Ya vale (Pero no valdrá)

La enrevesada madeja que sigue unida a la trompicada marcha del Club Deportivo guarda un perfil, en muchos de sus recovecos, tan ufano, tan del patrón de comportamiento neurótico de novia insufrible, que cabe en una canción de Los Planetas. A saber: que si te quedas esta noche nada más prometo que voy a cambiar, que si las promesas que no puedes mantener no las deberías hacer, que si las mentiras que no paras de contar no las voy a creer más, que si tus amigos que no paran de llamar no los puedo soportar, que si descubro que me vuelves a engañar no te voy a perdonar, que si me vuelves a hacer daño una vez más no sé lo que va a pasar, que si de pronto no te queda adonde ir no vengas a buscarme a mí. Que si tal, y que si cual. Al lío. A malvivir en el conflicto. Que si egos mal entendidos, que si heridas que no suturan, que si amigos imaginarios. O amigos de conveniencia, que no son, en realidad, sino enemigos pasados o futuros.

En la nebulosa que ha envuelto al club estos años, además, se ha encontrado la justificación para el todo vale, a cambio de expectativa de premio. Hubo y hay hambre de conspiraciones, de caza de brujas, de rivales mutantes en los que excusarse. La tónica se repite. Primero, el ruido voceado de disparos al aire que acusa de complicidad al que reivindica su derecho a la duda, máxime frente a quien ya le ha engañado antes, al que piensa que el bombardeo previo sólo causa daño en el debate de las trincheras. Después se produce la interpretación parcial y capitalizada de los porqués en cada uno de los pequeños finales de esta historia de resistencia, y eso, y al cabo, se olvida una vez desmontado el matiz de turno. Y al remate, ese ruido, que todo el mundo sabe dónde nace, se desvía, y se abre una nueva vía de erosión. Nuevas flechas para nuevas dianas. El dolor de ser albinegro. Ese es nuestro bucle.

Total, si la memoria se difumina y la historia se rescribe, la contradicción es rentable. Si nadie va a pedir luego cuentas de las respuestas casualmente o no inexactas, de las insinuaciones expandidas por terceros, del empleo tóxico de las buenas intenciones (porque hay muchos del Castellón con muy buenas intenciones), del rasgado del tejido de la confianza entre iguales que años costó ensamblar, de las sentencias que se sostienen en la palabra de uno contra la de otro. Da igual si la premisa y la conclusión no son verdaderas, si entre una y otra puedo filtrar retales que me beneficien. Y así, de media verdad en media verdad, con Castellnou en su guarida, observando cómo el imaginario colectivo le va restando cuotas de responsabilidad, se nos va endulzando su recuerdo, se va dispersando, en el humo, la luz de la razón. Pero todo escampa y el humo es parte del todo. Lo que no veo es cuándo.

A la vez, Miralles afronta la encrucijada solitaria de su ser o no ser. Esta vez amaga en público con una retirada, a mitad camino, que sembraría todavía más leyendas, más rumores, más agujeros negros en el relato. Si Miralles quiere que le tengan fe, y quiere que se la tengamos (los medios, los políticos, los aficionados, los empleados, los jugadores) respecto a su famoso aval, que empiece por tenérsela a sí mismo. Y, sobre todo, a él y a los demás: si manejan o manejarán el dinero que dicen que van a manejar, no han podido ser más torpes. En serio, y repito. No han podido ser más torpes. En caso contrario, si la partida va de faroles, que dejen de jugar con todos. Que ya vale.
 
En Castalia, mientras y para cerrar estas afligidas líneas, parece que la pareja Cabello-Fernando ha ganado una batalla en el tema Nathan. Quizá en eso, quizá, todavía quede esperanza.

Enrique Ballester. Levante de Castelló. Los Viernes.