lunes 26 de diciembre de 2011

Peleando - A los demás

La paciencia de la década pasada es la transparencia de ésta. En el cambio vira un matiz. Si la paciencia se pedía para uno mismo, la transparencia se exige a los demás. Cuando quedó claro que no habría futuro con Castellnou, la jauría habitual de lobos se postuló para el festín. Cada cual empleó sus armas y, como en todas las guerras, resultaron vencedores y vencidos. No es nuevo, ha pasado en el Club Deportivo desde que es SAD, pasa en la mayoría de clubes en situación similar. Lo nuevo, al menos aquí, fue lo que ocurrió tras el (no) final.

Para empezar, los vencedores, no sé si por incapacidad o por erróneo análisis del paisaje, subestimaron a los vencidos. Durante el camino, cabe recordar, se abrieron más heridas de las que luego se podrían cerrar. Los vencidos, en especial aquellos que convirtieron en pública la lucha que suele ser privada, dolidos en su orgullo y probablemente enquistada la afrenta en el terreno personal, con el prestigio en juego y el ego latente, decidieron no rendirse. Los vencedores, tras desaprovechar la ola de la inercia inicial, no supieron o no quisieron utilizar la fuerza de la comunicación, esa que tantos quebraderos ahorra, que tantos fuegos previene. Esa que emplearon los anteriores con destreza. Recuerden 2005: nos vendieron la moto fetén. Porque sabían lo esencial. Si tú no explicas, no interpretas, alguien contará su versión por ti.

Con el nivel de confianza en los políticos por los suelos, cualquier intervención, en especial una vez consumado el descenso en flagrante complicidad, no iba sino a levantar recelo, más allá de cualquier intuido dilema moral, incluso por quienes se pasaron el verano pidiendo acción. En una sociedad sana sería hasta natural, ojalá el escudo hubiera tenido en su día un mecanismo de defensa arbitrado desde la sensatez, que un órgano externo supuestamente regido por el poder electo controlase los desvaríos de nuestro club. El problema es que antes apenas se supervisó nada, y el problema es que nos pidieran, casi a ciegas y unos y otros, que creyéramos a quienes ya nos habían mentido. Lo nuevo, aquí también, nace de otro giro curioso. Quienes menospreciaban a los orillados, tachando de ingenuidad naíf sus proclamas, pasaron a involucrarlos a conciencia tras fracasar con los tiburones, para rasgar varias dianas con una misma flecha, sin distinción. Y quienes en su día se arrogaron el apoyo y la venia política, quizá sin calibrar las aristas del gremio en cuestión, acusaron después a otros de emplear ese favor. Lo cual lleva a pensar que no duele tanto la intervención. Duele que los elegidos fueran otros.

A la vera, para que se sepa, Miralles ventila su nuevo plazo. La mitad de febrero es el límite, el desbloqueo del famoso aval, la llegada del maná inversor y la caída en cascada de las consecuencias. Eso, si antes no se suicida frente a Fernando, en el desenlace del lío de la división en la entidad que contamos la semana anterior, con el equipo octavo y preparado, de paso, el sustituto del entrenador.

Ya lo ven, esto está así. Es el Castellón. El dinero viene de Suiza, cuando viene, y los niños de París. A calibrar, emplazo, si papel en mano es más rentable la denuncia o el chantaje. Y a reflexionar, va, si conviene mandar a la mierda a quien podrías utilizar. Porque la empatía, al final, es como la transparencia. Se exige a los demás.

Enrique Ballester. Levante de Castelló. 23-12-2011