sábado 19 de noviembre de 2011

Peleando - Germinal

Hace unos cuantos años, el club encargó un informe. El estudio resultante reveló que los valores que subrayan la identidad del Castellón eran, y son, la historia, la cantera, la representación local y la fidelidad de su afición. Digamos, que la ciencia enseñó a las alturas lo que ya sospecha e intuye cualquier hincha despierto. Es del club que es porque aprecia ese legado, ese arraigo y ese sentimiento de pertenencia único, que cuesta generaciones construir y muchos más golpes de los que llevamos destrozar. Esas características albinegras trascienden a la coyuntura del drama actual, y son a la vez muestra del pecado atravesado y esperanza máxima para el futuro. El potencial del club, de su marca, su tiempo estimable de vuelo, es lo único que vale y lo que queda en pie porque no es tema de superficie, sino de profundidad. En el arramble, en el césped o en la grada, es lo que mejor ha sobrevivido.

Esa materia prima, orgullosa y distintiva, es un regalo para cualquier dirigente con proyecto. Es una invitación sugerente al modelo británico de tradición (la que nos sobra, basada en la conciencia de sí mismo, en el respeto a los símbolos, en la transmisión de mitos y leyendas) más mercadotecnia (la concreción de un relato colectivo y atractivo, y la oferta del mismo en vías concretas de negocio). Sin embargo, quien podría tenerlo todo no tiene apenas nada. Y en parte, porque la Tercera es una mierda pero a cambio invita a la heroica, es responsable también la administración Miralles, que ha despreciado desde el primer día el filón de la comunicación, en su más amplio sentido, y lo paga, y lo seguirá pagando, por torpe.

Con todo, que el Castellón conlleve ese carga de pasión ajena al éxito esconde un daño colateral, pues es caldo propicio, nublada a menudo la razón por el instinto, con el hincha en lucha por todo excepto por los derechos del propio hincha, para el auge más o menos fugaz de manipuladores varios. Qué les voy a contar, estuvieron aquí los últimos meses, que no sepan. Es sucia la virtud del tecnócrata cuando juega con el chantaje emocional ajeno, ese que fue tan de Castellnou, y tan de cobardes. Ahí andamos.

Al Castellón actual le queda, casi milagrosamente, la raíz de la esencia pura y la savia sana necesaria para germinar, con tiento, en algo que valga de veras la pena. Quizá con perspectiva, en unos años, convendremos que la paliza del pasado verano fue el punto de inflexión. Por lo pronto, en una aburrida espera de eslóganes desgastados y torpezas que vienen y van, el invierno desembocará en dos opciones plausibles. Una: Que Miralles (que no está para exigir, tampoco al vestuario) demuestre músculo financiero cuando toque, supere la Junta, nombre su consejo y concrete el traspaso de poderes. O dos: Que el tigre se tambalee y vuelva el mango de la sartén, deuda incluida, al dúo filibustero. Y con ellos, de nuevo, el baile de tiburones, marionetas, medradores y demás. El hastío, al cabo. El peligro. Un servidor, la verdad, duda si podría volver a soportarlo.

Enrique Ballester. Levante de Castelló. Los Viernes.