El domingo anduve en la grada, y me noté desentrenado, casi un intruso, adecuándome a la distinta perspectiva. Parece otro deporte, en comparación, uno en el pupitre de prensa, en las alturas de Tribuna, visibles los espacios y un punto lejanos los futbolistas, medio virtuales, fácil la lectura de los errores tácticos de cada cual; otro en el cemento de las gradas bajas, tras la portería, confundidas las distancias y cercano el sudor, el resuello y las pifias comprensivas de cada cual, también. Digamos, que la relación entre césped y grada es otra, que ciertas cuitas que en un lado parecen vitales en su reverso se antojan idioteces, y viceversa, supongo. Digamos, que la experiencia me ayudó a dudar, que no es poco, de casi todo excepto de lo principal. En el barro juega el Castellón, y el Castellón es el Castellón, y punto: sobrevive, con la fuerza colectiva, y nada importa más que eso, no al menos mientras la pelota esté en juego, y en disputa.
El domingo, además, en un partido ciertamente preocupante, con varios síntomas de involución en algunos jugadores, y en el engranaje asociativo, ocurrió algo que me hizo dudar. Aún más. Y es que quizá la grada juegue más de lo que pensábamos. Era el minuto setenta y algo, y los cambios de Cabello, hombre por hombre, lo básico, firmaban con la boca pequeña el empate. El Castellón no se sentía superior, porque no lo era, y la victoria resultaba una quimera. En ésas, a modo de murmullo que forma ola y crece en cresta imparable, nació en Gol Norte Bajo un cántico que ya no se detuvo, durante unos largos diez minutos de coros y danzas («Cómo no te voy a querer, oh-eh-oh...»), provocando ese mensaje inequívoco, que caló en el equipo, esa obligación moral de percutir hasta el final, hasta derribar muros, y que desembocó en la jugada de doble crecida, primero por la izquierda, con la enésima carrera creyente de Cosme, y luego por la derecha, con el ímpetu desbocado de Roberto. El rechace lo cazó Juanjo, a trompicones, y el barullo fue gol por inercia. No sé, si no fuera porque un capazo de leyes de la física lo contradicen, diría que lo metimos entre todos.
Por lo demás, mucho por hacer. El equipo se resiente, y es lógico, de algún modo u otro, del estruje emocional que vivió en el inicio de temporada. En la estabilidad, al morir la excitación inicial, aflora el catálogo de carencias que la euforia disimulaba. Quizá, –otra duda–, la ausencia haya revelado el valor real de jugadores que tenían menos estatus del que merecían. Hablo de Aarón, y su capacidad para anudar el juego, acercar a todos a la pelota y filtrar ese pase que nadie más en la plantilla puede filtrar. Y hablo de Joel, de su virtud de ofrecerse sin tregua, de iluminar líneas de entrega interiores con facilidad y constancia, de empujar con ese apoyo extra, por delante del balón, al equipo al campo contrario. Allá donde todo se acerca a lo definitivo. Y allá donde sí que no caben las dudas.
Enrique Ballester. Levante de Castelló. Los Viernes.
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